Esta semana he estado fuera, en la provincia de Tarragona, no es que no quiera decir dónde he estado, sino que no lo sé, porque era una empresa en mitad de una carretera y rodeada de arroceras. Dormía en L´Ampolla, que hasta el segundo día no fui capaz de aprenderme el nombre, lo único que sabía era que rimaba con “po” y lo que sigue.Llegué el lunes con muchísimo sueño y un cabreo impresionante, mucho sueño porque tuve que salir de casa muy temprano para estar en Barcelona a las ocho de la mañana y cabreado porque pedí que me pagasen un hotel el domingo por la noche para no tener que pegarme semejante madrugón y me dijeron que no, que me jodiese pero que ellos no se gastaban 60 € en una noche de hotel (la cantidad que se le cobra al cliente tiene seis dígitos). Pero bueno, no estoy aquí para hablar de lo guarra que es la madre del presidente de mi empresa, porque es conocido en todos los rincones del mundo.
Cuando llegamos a la empresa en cuestión, hicimos un desembarco digno de película de superhéroes o de los simpsons, seis abogados y dos consultores, todos bien trajeados, con las maletas de los ordenadores y, los abogados como son más pijas, con otra maleta más. Menos mal que una de las abogadas medía casi un metro ochenta, estaba bien servida de delantera y llevaba una minifalda que atraía las miradas de todo el mundo, así pude pasar desapercibido.
Pasamos por una puerta que tenía un cartel que decía “ESTIREU”, yo no sabía qué quería decir aquello, miraba y miraba tras el cristal y luego por los rincones y me preguntaba qué cuál sería el significado de aquella palabra. La sala parecía una oficina normal y corriente, seguro que tendría algún secreto y yo me había propuesto encontrarlo.
Cada vez que salía al baño o a fumar miraba y remiraba por todos sitios: al suelo por si había trampillas secretas, buscaba artilugios que abriesen las paredes a un pasadizo que conectase la empresa con la estación del AVE más cercana, los conductos del aire acondicionado que siempre dan mucho juego en las películas (pero sólo en las películas, a ver quien tiene cojones de meterse por el Split de mi casa) y no encontraba nada.
El miércoles vi otro cartel con la misma leyenda y volví a mirar a ver si tras esa puerta se escondía el tesoro. No vi nada, pero a mí que no se me escapa un detalle, no se me pasó por alto que la puerta abría en el mismo sentido que la de la “supuesta” oficina. Me empecé a plantear que “ESTIREU” significaba “TIRE” y supuse que habría otro cartel detrás que pondría “EMPUJE” aunque en catalán. Efectivamente así era, pero en vez de quedarme con cara de tonto, me convencí a mí mismo que lo mío era sacar deducciones y la observación del terreno.
Nada más llegar tuvimos una reunión con el director financiero de la empresa, el gerente llegó más tarde porque estaba enseñando las instalaciones a un grupo de niños, esta reunión me cabreó bastante por un lado y me relajó por el otro. Me relajó porque pasé del tema completamente y empecé escribir un post, que nunca publiqué, en una libreta, dándomela de interesante porque escribía mucho. Me cabreó porque sin que nadie preguntase nada, y a pesar de que las preguntas eran en español, el director financiero hablaba en catalán. Entiendo que ellos tengan su idioma y hablen en él, que lo defiendan y no quieran que se pierda, pero el lenguaje verbal se ha creado para que nos podamos entender y yo no me enteré de nada. No me vale eso de que les sale así, ya que hablaban en español y él contestaba en catalán y a mí no me salió levantarme y mear en la papelera, esperé a que acabase la reunión para ir al servicio. Pero bueno, como no me enteré de nada, luego me lo tendrá que repetir todo y en español, por lo que tendrá que hacer el trabajo dos veces.
El pueblo donde dormíamos era un pueblo fantasma, no había nadie por las calles, los edificios tenían las luces apagadas en todos o casi todos los pisos. El segundo día planteé la hipótesis de que era un escenario que habían creado para nosotros, que los edificios eran de cartón piedra y sólo tenían la fachada y el niño que veíamos cada vez que volvíamos de la empresa al hotel era un figurante que cuando nos veía pasar daba la orden de que pusiesen la maquinaria en marcha para que no descubriésemos que lo se escondía tras aquellas fachadas era un desierto dedicado a la fabricación ilegal de ceniceros y artículos de recuerdo para turistas. Los pocos coches que veíamos eran manejados por control remoto desde una ciudad situada 40 kilómetros.
Al plantear mi idea separaron sus sillas y me miraron con cara de pena, marcando, sin que se notase el 112 en sus móviles pero, a medida que pasaban los días, entendieron mi hipótesis y se barajó mi teoría de la conspiración.
Bueno, no voy a seguir escribiendo porque he contado dos tonterías y ya llevo casi dos páginas, cuando aprenda a resumir lo contaré todo…





